Juliana Castañeda: la voz de una mujer trans que decidió transformar su historia en esperanza
Juliana Castañeda no solo es abogada. Es historia, es lucha, es resistencia. Es, sobre todo, una voz que se levanta desde el departamento de Santander para recordarle a Colombia que la dignidad no se negocia.
Desde muy pequeña, Juliana entendió que su camino no sería fácil. En medio de preguntas, silencios y miradas que muchas veces no comprendían su identidad, encontró algo que marcaría la diferencia en su vida: el amor de sus padres. Ellos, lejos de rechazarla, decidieron acompañarla. Cuando reconocieron que Juliana era una mujer transgénero, siendo aún una niña, le dieron algo invaluable: la posibilidad de acceder a apoyo médico, a orientación, a comprensión. Ese gesto sembró la base de lo que hoy es su fortaleza.
Su tránsito comenzó a los 12 años, una etapa temprana en la que muchas personas aún buscan entender quiénes son. A los 18, logró modificar sus documentos, alineando su identidad legal con su verdad interior. No fue solo un trámite: fue un acto de afirmación, de dignidad, de existencia.
Pero Juliana no se detuvo ahí. Volvió a estudiar, reconstruyó su camino académico y llegó a la universidad, donde se formó como abogada. Desde entonces, su propósito ha sido claro: poner su conocimiento al servicio de su comunidad.
En Floridablanca, Santander, participó activamente en la mesa técnica LGBTIQ+, impulsando acciones concretas para mejorar las condiciones de vida de la población diversa. Su voz comenzó a tener eco. Su liderazgo empezó a crecer.
Durante seis años trabajó en el Centro INTÉGRATE, acompañando especialmente a población migrante venezolana en condiciones de vulnerabilidad. Allí, Juliana no solo brindó orientación jurídica y social, sino que también construyó puentes de confianza con quienes más lo necesitaban. Fue una experiencia que fortaleció su vocación de servicio y reafirmó su compromiso con las poblaciones históricamente excluidas.
En ese camino, hay un actor clave que Juliana reconoce con profunda gratitud: el Ministerio de Igualdad y Equidad. Para ella, su existencia y gestión representan una oportunidad real de transformación para miles de personas en Colombia, especialmente para las mujeres trans y la población LGBTIQ+.
El Ministerio no solo le abrió una puerta laboral, sino que le permitió demostrar que las personas trans tienen todas las capacidades para liderar procesos, construir política pública y generar cambios estructurales. En un país donde muchas veces se les niega el acceso a empleo digno, educación y salud, estas oportunidades se convierten en herramientas de justicia social, en la posibilidad de vivir una vida sin discriminación.
Juliana lo expresa con claridad: no todas las personas trans han tenido acceso a estos beneficios. Y precisamente por eso, su experiencia evidencia la importancia de fortalecer y ampliar estas políticas. La gestión del Ministerio ha permitido que iniciativas como el Centro INTÉGRATE y ahora “Salvia Dignidad” existan, crezcan y lleguen a quienes más lo necesitan.
Hoy, su camino la llevó a Bogotá, donde asumió un nuevo reto: coordinar “Salvia Dignidad”. Apenas lleva mes y medio en este rol, pero su voz ya transmite emoción, gratitud y compromiso. Para ella, llegar hasta aquí —desde Floridablanca, Santander— es una prueba de que sí es posible abrir caminos cuando existen instituciones que creen en la equidad.
Y es precisamente en este nuevo escenario donde la labor del Ministerio cobra aún más relevancia.
En Colombia, la violencia contra la población trans sigue siendo alarmante. En los tres primeros meses de este año, 27 mujeres trans han sido asesinadas, Los crímenes de odio, el prejuicio y la discriminación continúan arrebatando vidas. Frente a esta realidad, “Salvia Dignidad”, con el respaldo del Ministerio de Igualdad y Equidad, trabaja directamente en el acompañamiento a víctimas de violencia, especialmente en casos de transfeminicidio.
Este programa busca algo fundamental: garantizar que las víctimas no estén solas. A través de rutas de atención, medidas de emergencia y apoyo integral, se intenta responder a una deuda histórica con la población trans. Es un esfuerzo por transformar el dolor en acción, y la exclusión en protección.
Para Juliana, ser parte de este proceso es profundamente significativo. No solo representa un logro personal, sino la posibilidad de tender la mano a otras mujeres trans, a sus familias, a quienes han sufrido la violencia más cruel.
Pero su mensaje no se queda en las instituciones. También es un llamado a la sociedad.
A las familias colombianas les habla desde el corazón: ser padre y madre implica amar sin condiciones. Implica abrazar, sostener, escuchar. Implica aceptar que los hijos pueden ser diversos, y que en esa diversidad no hay error, sino humanidad.
El apoyo familiar —como el que ella recibió— puede marcar la diferencia entre la vida y la exclusión, entre la esperanza y el abandono.
A los niños, niñas y jóvenes que hoy sienten miedo, soledad o inseguridad, su historia les dice que no están solos. Que hay caminos posibles. Que hay futuro.
Y a Colombia entera, Juliana le deja una certeza: cuando el Estado, a través de instituciones como el Ministerio de Igualdad y Equidad, decide actuar con compromiso, y cuando las familias deciden amar sin prejuicios, se crean las condiciones para que las personas trans no solo sobrevivan, sino que vivan con dignidad.
Porque al final, su historia no es solo la de una mujer trans que logró abrirse camino. Es la historia de alguien que decidió convertir su vida en un acto de dignidad… y su dignidad en una causa colectiva.