En las calles empinadas de La Estrada, en Manizales, la violencia era parte del paisaje. Allí, donde las noches muchas veces se llenaban de miedo y las historias de muerte parecían repetirse entre las esquinas, creció Valentina Galvis. Su barrio estuvo marcado por la pobreza, por las oportunidades escasas y por la sensación constante de que el futuro estaba reservado para otros. Pero incluso en medio de ese ecosistema duro, hubo algo que nunca faltó en su hogar el amor.
Valentina recuerda su infancia como una mezcla extraña entre el cariño inmenso de sus padres y el peso de crecer rodeada de peligros. Desde pequeña aprendió que sobrevivir también era una forma de resistencia. Sin embargo, mientras afuera el barrio intentaba endurecerla, ella soñaba distinto. Soñaba con estudiar, con jugar fútbol, con sacar adelante a sus padres y tener algún día su propio negocio. Soñaba, sobre todo, con romper el destino que parecía escrito para quienes crecían en La Estrada.
Pero la vida le cambió demasiado rápido.
Cuando quedó embarazada, sintió que todos esos sueños se le desmoronaban en las manos. Pasó de ser una adolescente llena de ilusiones a convertirse en una madre que debía aprender a resistir sola. El padre de su hija nunca respondió, y hubo noches en las que tuvo que acostar a su bebé sin pañal, viendo su piel irritada, sintiendo el dolor de no poder darle lo mínimo.
Fueron tiempos oscuros.
Muchas veces sintió que ya no podía más. Entre las responsabilidades, la tristeza y la desesperanza, comenzó a pensar que tal vez había fracasado. Pero en medio de todo apareció la fuerza más grande que conocería en su vida: sus hijos.
“Ellos me miraban y me decían: ‘mamita, no se rinda’”.
Y entonces entendió algo que le cambiaría la vida para siempre: sus hijos no habían llegado para acabar sus sueños, sino para darles un nuevo sentido.
Con el amor humilde de sus padres, y más tarde con el recuerdo eterno de su madre —uno de los golpes más dolorosos que le dejó la vida— Valentina empezó a reconstruirse desde las ruinas emocionales en las que había quedado. La pérdida de su mamá la devastó, pero también la obligó a encontrar fuerzas donde ya no creía que existieran.
Fue en medio de ese proceso cuando llegó el programa Jóvenes en Paz del Ministerio de Igualdad y Equidad.
Al principio tuvo miedo. Miedo de ser juzgada. Miedo de no encajar. Miedo de que su manera de hablar o de expresarse fuera motivo de rechazo. Entró nerviosa, sintiéndose pequeña frente a los demás, como si toda la vida le hubiera enseñado que no era suficiente. Pero allí encontró algo que nunca había tenido fuera de casa: una familia.
En Jóvenes en Paz encontró escucha, apoyo emocional y personas que le hicieron entender que su historia no la hacía menos valiosa. Encontró abrazos en los días más difíciles y una mano tendida cuando sentía que iba a caer. El apoyo económico le ayudó a sostenerse en momentos críticos, pero fue el apoyo humano el que verdaderamente transformó su vida.
“Ellos cambiaron mi forma de pensar”, dice Valentina. “Yo antes creía que no era capaz”.
Y poco a poco comenzó a demostrarle al mundo —y a sí misma— que sí podía.
Pudo estudiar, trabajar, criar a sus hijos y asistir al programa al mismo tiempo. Aprendió que el positivismo, incluso en medio de tanta dificultad, puede convertirse en un acto de valentía. Aprendió a levantarse después de cada caída. Aprendió que rendirse no era una opción.
De ese proceso también nació su emprendimiento: una boutique de moda para mujeres. Un negocio construido desde el amor propio y desde el deseo profundo de ofrecerles a otras mujeres la posibilidad de sentirse hermosas y fuertes, incluso en medio de sus propias luchas.
Su boutique no nació solamente como una fuente de ingresos. Nació como una promesa.
La promesa de demostrarles a sus hijos que su mamá sí podía sacarlos adelante. Que no tenía que depender de nadie. Que la pobreza, el abandono y el dolor no serían el final de su historia.
Hoy, cuando Valentina escucha a sus hijos decirle “mamita, buenos días”, siente que todo el esfuerzo valió la pena.
Porque hubo un tiempo en el que pensó en quitarse la vida. Un tiempo en el que la tristeza y las cargas parecían demasiado grandes para una sola persona. Pero algo la sostuvo: el recuerdo de su mamá, el amor de sus hijos y el acompañamiento de Jóvenes en Paz.
Gracias a eso, logró convertirse en la mujer que es hoy. Una mujer que nació entre las dificultades de La Estrada, pero que decidió no pertenecerle al miedo. Una madre que convirtió el dolor en fuerza. Una joven que entendió que la paz también empieza cuando alguien te hace sentir capaz de volver a creer en ti.