A Eduardo Víctor Renult le quitaron todo en el camino. Había salido de Venezuela en 2018 con un propósito concreto: operarse una hernia inguinal. Allá no había gasas ni medicamentos, tampoco condiciones para una cirugía sencilla. Era profesor de filosofía, dirigía una escuela de pintura en el Museo Mateo Manaure en el Estado de Monagas, en Venezuela. Aún así, la crisis lo empujó a cruzar la frontera con un permiso de tres meses y un dinero que pronto dejaría de valer. Pero el plan se rompió antes de empezar.
Esa noche, en Maicao, un policía le dio ropa. Eduardo, que es poeta, hizo lo único que sabía hacer para sostenerse en el mundo: recitar. Recitó en el terminal, en las plazas, en los bares. Recitó hasta reunir lo suficiente para subirse a un bus que no iba a Bogotá como había planeado sino a Cartagena.
Ahí comenzó otra historia.
Sin equipaje, sin certezas, Eduardo se convirtió en artista callejero. Subía a los buses, recitaba, y con lo que recogía sobrevivía. Durante un año y medio vivió debajo de un árbol de mamón, en un parque del centro de Cartagena. Desde ahí, entre versos y cuadernos, tejió nuevas redes: profesores universitarios lo escucharon, lo invitaron a dar clases informalmente, daba asesorías en el parque donde pasaba las noches, y allí volvió a hacer lo que había hecho siempre enseñar, incluso sin aula.
“Ser migrante no degrada”, dice. “Al contrario, amplía la visión de la vida”.
La pandemia lo obligó a moverse otra vez. De la calle pasó a una casa en un cerro, “cerca del cielo”, dice él. Fue después, en un recital en la Plaza Bolívar, donde alguien lo escuchó “otra vez la poesía abriendo caminos” y le habló de un lugar: un espacio donde los migrantes podían encontrar algo más que ayuda.
Así llegó al Centro Intégrate de Cartagena, una apuesta del Ministerio de Igualdad y Equidad, donde, sin saberlo, su historia empezaría a tomar otra forma.
Eduardo no esperaba mucho. “Otra institución más”, pensó. Pero lo que encontró fue distinto. No fue solo la posibilidad de acceder a un apoyo económico o iniciar trámites. Fue, sobre todo, el trato. “Me ofrecieron primero apoyo espiritual, moral, solidaridad ciudadana”, recuerda.
En un país donde había aprendido a sobrevivir solo, ese gesto lo removió.
Ahí empezó a reorganizar su vida. A entender que podía acceder a salud, que podía regularizar su situación, que no estaba completamente solo. Pero también a recuperar su lugar como artista, como maestro, como alguien que tiene algo para dar.
Porque su historia no se quedó en recibir ayuda: se convirtió en acción, en devolver de alguna manera la solidaridad y atención que había recibido. Tanto así que hoy es conocido como “El Profe” y quienes lo conocen en el centro Intégrate se avisan con una sonrisa cuando él entra por la puerta y es que con su compromiso El Profe le ha dado con su arte el amor a cada uno de los migrantes que llegan al centro en busca de atención.
En el Centro Intégrate, Eduardo empezó a hacer lo que siempre ha hecho para reconstruirse: enseñar. Hoy lidera talleres de pintura y literatura, donde mezcla técnicas poco convencionales como la pintura en plastilina, el grafito con borrado y la combinación de materiales como yeso y tiza, con procesos creativos que conectan la palabra y la imagen.
Sus talleres no son solo clases: son espacios de encuentro y resistencia.
En “pintura para la literatura”, los participantes crean una obra y luego escriben sobre ella. En “literatura para la pintura”, una historia, un poema o una crónica se transforma en imagen para personas de la tercera edad. Es su manera de demostrar que el arte también puede ser un puente para sanar, para narrarse y para volver a empezar.
Ese mismo impulso que lo sostuvo cuando recitaba en buses o plazas es el que hoy guía su trabajo con otros migrantes y comunidades.
En su barrio, además, continúa esa labor: da apoyo escolar, acompaña a niños, jóvenes y universitarios, y comparte sus conocimientos en filosofía, arte y literatura. Ha sido parte del proceso de formación de estudiantes que hoy son profesionales, como abogados a quienes acompañó en sus estudios.
Su vida marcada por la pérdida, el desplazamiento y la incertidumbre se transformó en una semilla para muchos.
Eso es lo que más valora del Centro Intégrate: no solo le permitió organizar su vida, sino también recuperar su capacidad de aportar. “Aquí uno no solo recibe, aquí también puede dar”, dice.
En medio de ese camino, Eduardo no dejó de escribir. Uno de sus poemas, dedicado a Colombia y a otros territorios atravesados por la guerra, resume también su manera de ver el mundo:
Canto de paz para Colombia
Poeta, calla tu lira en el divino afán de buscar rimas que a tus versos cuadren, si no llega la paz universal para todos los niños, los hombres y las madres.
Si no florece el canto del turpial que al cromo matinal copia y destella, si no se acaba para siempre el mal del fusil, el cañón y la metralla.
Si no dejamos que los niños oren por un reino de amor sobre la tierra, si permitimos que las madres lloren por los hijos que mueren en la guerra, si cuando se trasplanta un corazón no logra el cirujano con su ciencia colocar en el pecho una ilusión y un poquito de luz en la conciencia.
Si al costo de los viajes federales no ponen las naciones sentimientos y no aumentan la extensión de los trigales para llevarle pan a los hambrientos.
Mas, si llega la paz y hay alegría para todos los niños, los hombres y las madres, dulces, bellas, entonces sí, poeta, sí podrías derramar tus poemas sobre ellas y celebrar la gloria de sus hombres sin colores raciales en las carnes y ponerle a tu lira poesía y buscar rimas que a tus versos cuadren.
Pero si hay uno solo todavía que tenga abierto el surtidor de llanto, no aumente su tristeza y su agonía con la belleza de tu alegre canto.
Poeta, calla tu lira en el divino afán de buscar rimas que a tus versos cuadren, si no llega la paz universal para todos los niños, los hombres y las madres.
Para Eduardo, la migración no es solo una condición difícil. Es también una experiencia profundamente humana. “El hombre siempre ha migrado”, dice. “Es una forma de conocer el mundo, de ampliar la conciencia, de aprender a amar”.
Pero reconoce algo: migrar sin apoyo duele.
Por eso, insiste, estos programas importan. Porque no sólo entregan recursos. Construyen puentes. Reconocen capacidades. Permiten que alguien que llegó sin nada literalmente sin nada pueda volver a ser maestro, artista, ciudadano.
Hoy, su historia no es sólo la de alguien que cruzó una frontera. Es la de alguien que, después de perderlo todo, encontró en el arte, en la palabra y en la comunidad una forma de reconstruir el mundo y de ayudar a otros a hacer lo mismo.
“Cuando se camina, se conoce y se vive”, dice. Y luego agrega, como si cerrara un poema que aún se está escribiendo: “Caminar por el planeta es conocer a Dios”.